Silencio

Subo las colinas que bordean la ciudad, ahora más cubiertas de pavimento que de tierra, pero le encuentro el modo a las trepadas urbanas y a los toboganes asfaltados. Tomo rumbo por la carretera a Guadalajara, subiendo por el acotamiento y con San Luis Potosí capital a mis espaldas. Luego de un par de kilómetros remato una colina domada y entro en el poblado de Mesa de Conejos.

Voy cruzando por la calle principal de no más de 10 cuadras y sigo escuchando los carros que van por la carretera, los que van saliendo de la Mesa y las voces de las gentes que van saliendo de sus casas y empiezan a montar los puestos para el tianguis dominical.

 

Dejo atrás el caserío y paso a un lado del camposanto del pueblo, el entorno parece guardar respeto y las voces y los ronroneos urbanos parecen acallar su ruido. Sigo por la vereda que se aleja del pueblo, apenas se puede distinguir a ras de tierra la vereda. Poco se diferencia el camino terroso de las faldas de la colina que voy subiendo, el mismo tono, ese color marmóreo y pardo claro, sólo se distingue la vereda por tener unas pocas menos de piedras sobre sí. Y yo simplemente sigo subiendo hacia la sierra, seguido por un sol que empieza a despertarse realmente, descobijándose la neblina pre-veraniega y siendo mis testigos únicamente las piedras, la tierra y una que otra cactácea.

 

Sorteando una curva, dejo atrás la vista a la ciudad y sus pueblos aledaños y me quedo pasmado ante la silueta de la sierra que veo levantándose más allá, delante, todavía un poco lejos. Primero veo la vereda pedregosa que ahora baja y me empuja con la fuerza de la gravedad hacia un valle alargado en donde sólo se ve la silueta de una vieja casucha y un pequeño sembradío mantenido muy a fuerza.

Es ahí cuando mi espíritu ya pasmado, queda abrumado. Descubro el poder de una voz que no escucho a diario. Pareciera un brinco en mi conciencia. Escucho tan fuerte y firme al mismo silencio que detengo mi pedaleo. Lo rodea todo, lo llena todo y hace que mis ojos se abran, mis pupilas se dilaten seguramente, mis oídos vibran, mi garganta parece cerrarse y puedo percibir la más leve brisa en toda la piel.

Todo cobra una intensidad difícil de describir, la luz, el calor, el viento. Ahora detenido, no se cuánto tiempo, veo que estoy parado en una curva casi en “U” y hago mi propia toma “panorámica” de este paraje que es entre un valle y una cañada, escondido en las montañas en el extremo nor-occidental de la Sierra. No hay sonidos, no hay ruido, no hay susurros. Cierro mis ojos y me veo a mi mismo rodeado de estas cimas en lo corto y picos montañosos más a lo lejos, el sol cayendo a plomo, unas pocas vacas allá abajo, pero no hay ruido, no hay sonidos…

Abro de nuevo mis ojos y veo a lo lejos el libramiento poniente de San Luis Potosí y veo pequeños punto de color moviéndose, son autos, y otros más como tubitos, que son camiones o trailers… pero sus sonidos no me llegan. Regreso mi vista a la Sierra, las cimas y picos que rodean esta ruta, la vereda que serpentea hacia abajo, se bifurca y se pierde a lo lejos en una cañada a mi derecha, y en un paso de colinas a mi izquierda, flanqueado por un hilillo de agua que viene de un poco más allá…

De nuevo un sonido, el conocido “clap” de cuando engrapo mi pie derecho al pedal, y este deja su lugar al sonido de ruedas rozando las piedras que como alfombra recubren el camino, voy sintiendo el viento acariciando mis manos, mis piernas, mi rostro. El susurro vuelve a apagarse, el sonido se retrae, el silencio va cubriéndome de nuevo, a pesar de que voy rodando, me va acompañando y se convierte hoy en un colega más rodando a mi lado, creo que de vez en vez, al silencio también le gusta rodar…

alle!

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