Reto Wirikuta …

Recuerdo que en ocasiones comentábamos al rodar… que estos parajes, que estas montañas, desde eones han estado aquí tan solo para que pudiéramos cruzar rodando por aquí en ese día… Esas mismas palabras fueron aplicadas hace unos días. Ahora fue un pueblo escondido en el rincón de una sierra, que es la frontera con el norteño altiplano mexicano. Enclavado entre cimas moldeadas por el viento y escabrosas cañadas, ahí nos esperaba Real de Catorce. Desde hace cientos de años, sus ex-minas, sus guijarros, los fantasmas de conquistadores, guachichiles, gambusinos vieron pasar este peculiar grupo multicolor de nuevos aventureros.

Ahora montados en nuestras propias máquinas de aluminio, fierro, carbono. Impulsados por nuestra sangre, músculos, tendones, huesos, risas y espíritu. Mucho espíritu y voluntad entre mezclados para dar esa combinación de energía, empuje, sudor, sonrisas y hasta una que otra lágrima escondida de alguno ante estos maravillosos paisajes de ensueño que no piden nada a otros lares allende el desierto o el mar.

Luego de varios meses de preparación, de planes, llamadas, “whatsappes”, recordatorios para contar con la cooperacha de todos nos dimos cita poco antes del amanecer a las puertas del Real los Alamos, nuestro hogar por un par de noches. Uno a uno fuimos saliendo a la calle y preparando cada cual su montura, ajustando las chamarras, los “buffs”, cascos, guantes y, tras escuchar la sencilla pero hermosa oración en voz de don Pancho, el de Ixtlán del Río, emprendimos el reto… rodar la ruta de Wirikuta, 2019.

Los ciclistas recorrimos calles del pueblo que aún dormía en su mayoría y nos enfilamos al túnel de Ogarrio, marco sin igual para darnos la salida al reto que cada uno traía consigo…

Aquí pego humildemente la ruta que registré yo. La idea es mostrarles en un mapa lo recorrido… alrededor de 50 kms, con una altimetría de unos 1,600 metros, es un reto muy recomendable para todo aquel que ama el MTB. Y que mejor poderlo rodar en compañía de un gran grupo de colegas, amigas, amigos, maestros, hermanos de esta ruta de vida!

 

Apenas empezábamos, fue una veloz pero traqueteada bajada por empedrado hasta un pequeño poblado llamado “el Refugio” y ahí empezamos a rodar sobre caminos rurales y single-tracks, así empezaba la primera de varias subidas que nos cobrarían la osadía de rodar esta ruta. Las palabras tienen una difícil tarea; honrar la belleza del lugar. A las puertas del desierto del norte, no me hubiera imaginado que la vegetación y el entorno semi-árido fueran tan majestuosos…

Viejos lienzos de piedra, bajo un sol de invierno, en otoño
Camino rural, ciclistas de montaña, amaneciendo, fresco, nubes… un combinación mágica
El gran Sabas, de los bosques a estas colinas de pastos. El mismo corazón en diferentes tierras… nota, lo de atrás no es mar… es una alfombra de nubes cubriendo el altiplano
Mi baika, pacientemente esperando a que el jinete termine sus tomas…

 

Y esto apenas empieza…

Cada kilómetro nos va regalando más. Vistas inesperadas, pláticas con viejos amigos de rodadas que coincidimos nuevamente.

El camino se convierte en una vereda y los pedruscos se esparcen por el camino, incrementando la dificultad, entrecortando mi respiración y haciendo que pie a tierra pague peaje a esta ruta.

Volvemos a pedalear, y la vereda se convierte en cornisa que le agrega la sensación de vértigo a la ruta, pero paga con la libertad de ir ahí, donde pocos llegan.

Pueblo fantasma al que le pasamos por un costado, si pones atención aún escuchas los gritos de los capataces ordenando a los mineros, las pezuñas de burros cargando fardos llenos de tierra y piedra, los carretones que van a los pueblos allá abajo, para llevar sus riquezas…

Ahora esos sonidos se opacan unos segundos, mientras pasa la treintena de bicicletas, traqueteando sobre el sendero rocoso, y el resoplar de los ciclistas por sortear el repecho y llegar al punto de reunión, casi a la mitad de la ruta… y aún faltaba…

 

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