Entre piedras y arena, subidas y bajadas…

Una vereda bordeada de yerba. Avanzo por la brecha, se que es el inicio de una pista, aunque no puedo ver para donde va. Así que simplemente pedaleo y de improviso, me encuentro con una bajada de vértigo, seguida por  una cerrada curva a la izquierda. Y si. Ese fue el inicio de la pista, y estaba tan entretenido tratando de no caer y a la vez descubrir como superarla, que no tomé más fotos. Ya me tocará volver para obtener una más detallada reseña gráfica.

Por lo pronto, puedo decir simplemente que fue paladear nuevamente mis inicios en el MTB. Yo sabía que era una ruta que tenía buenas bajadas, que no era tan larga, que tenía unas trepadas que tampoco eran largas pero si demandantes. Era una pista de Cross Country (XC). Que por lo general tienen una longitud de entre 5 y 8 kilométros y simplemente para las competencias, uno necesita dar X número de vueltas de acuerdo a su categoría. La primera vuelta siempre es eterna, vienen curvas que no sabes cuanto duran, bajadas que no esperas y subidas que esperas que terminen.

El miedo y la adrenalina adrenalina se mezclan en una capa de incertidumbre que me hace recordar esos primeros días en que salía al bosque y ni siquiera sabía como cambiar las velocidades. O cuando en una bajada sentía que mi cuerpo se iba para adelante y casi me veía salir volando por encima del manubrio. O como aquella vez que iba en una lateral y al “banquetear” me topé de imprevisto con un agujero de tierra y mi llanta delantera se “clavó” produciendo el típico “campanazo” y por que salí volando hacia el frente en una perfecta marometa terminando sentado en un pedazo de yerba seca…

Pues así, esa misma sensación de vacío en el estómago, de vértigo, de sentir cómo se aflojan los brazos, y se tensan los hombros, así sentí varias veces al ver una bajada y dejarme llevar por ella, escuchar la llanta trasera derrapar y simplemente dedicarme a balancear mi cuerpo para no salir volando en la curvatura.

Pero una vez terminada la vuelta, y revisar en mi mente lo que bajé, lo que subí, lo que crucé, la curva que me estaba ganando, la recta en que sentí que se me iban los pedales, la presión cuando escuchaba que mi compañero casi muerde mi llanta o cuando yo iba viendo como se iba alejando mi predecesor en la pista… al final todo eso se convirtió en un amasijo de recuerdos, en una bocanada de oxígeno para mi espíritu. No correré la carrera, pero a cómo disfruté recorrerla pista. A mi paso, con mis tiempo, con mis propias metas y mis propios logros en ese pedacito de montaña y de pradera, de arbustos, de espinos, de piedras y arena.

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