Bugambilias indomable

Voy urbaneando y decidiendo cuál será mi rodada aprovechando el día de asueto. ¿Torre 1?, ¿Glorieta?, ¿Vaca muerta?… y un nombre aparece como entre sombras, cómo en esas películas de suspenso, con el telón oscura que va disipándose, pero aún así se ve la ominosa figura del contrincante que surge de una cortina de humo. Las letras iban formándose, y escuché un sonido grave, por debajo… Bugas…

No pensé más, no quise sopesar opciones, no quise hacer cuentas de cuánto llevaba sin rodarla, no quería saber lo que le debía… ni lo que me iba a cobrar! Estaba a sus faldas, cruzando el pueblo de Santa Ana Tepetitlán. Se estos poblados que han sido devorados por la urbe, pero aún resisten y mantienen su propia identidad, si bien, con las heridas del progreso. Así es que sigue de pie el viejo templo frente a la plaza y paso junto a los últimos locales de los que antaño era el mercado en el centro. Al fondo se ven las montañas que forman lo que queda de la puerta oriente del bosque la Primavera, ahora invadida por los fraccionamientos Bugambilias, el Palomar y el Cielo, que de cielo tiene sólo el nombre, parece un gueto para ricos. Y ahí sobreviven algunas hectáreas arboladas, ya no se si conforman un bosque o es un triste lapidario para el sur de la ciudad.

Pero en fin, aún lo podemos gozar, lo podemos pagar, porque subir no es una “enchilada”, es casi una hora de pedaleo esforzado, agitado, y concentrado. Y para acabarla, esta ruta tiene su propio carácter. Y es el de esa novia de la adolescencia (y creo que más bien, de novia, sin edad).

Celosa como pocas rutas, exigente sin par.

Seca, como la chica que te voltea la cara porque la dejaste plantada, pero al momento de querer irte, se voltea y te toma de la mano para que no te vayas, tú crees que ganaste, pero no, te reclama y te exige no remedios sino que escuches su queja impasible. 

Así voy avanzando, resoplando para mis adentros para no “ofenderla” más, sabiendo que soy yo el causante de este cansancio, de este esfuerzo, por venir. Sigo subiendo, no hay descanso, voy recordando tantas y tantas subidas, sé a dónde voy y cuánto cuesta, sigo adelante, el secreto es no dejar de pedalear, juego con los cambios. Pero derrapo llanta y antes de caerme me suelto de las grapas, pie a tierra. Veo hacia adelante, sigue subiendo la brecha, desmonto y le digo: “ea, aquí estoy, ya vine” y me pienso: “qué cansado, cómo fue?, aquí no suelo detenerme…”

Y la escucho: “no vienes!”, “dónde has estado!?” “Tú te lo has buscado, qué te crees?, qué me crees?!”

Zonas de tierra firme, descanso, zona de piedrilla suelta, resbala la llanta, una grieta de agua, tuerzo el manubrio, jalo y siento el picor en mi hombro derecho. Me levanto unos segundos en pedales para sacar mi bici de la grieta, vuelvo a sentarme.

Me mira como dejando ver una pizca de compasión y de perdón… pero se acuerda de los meses de ausencia y vuelve a gritarme “Ya ves cómo eres que me olvidas!” Y yo acepto mi falta, bajo mi cabeza, cambio velocidad -plato chico y estrella grande- y me aferro al manubrio y al asiento, acepto mi culpa y sigo trepando. -”Pero aún te quiero”- parece decir, veo el final de la subida, la cima enrejada, el perro guardián, un gato visitante, el hormiguero que ha crecido, mi corazón grita, no se si de desespero o de emoción porque sabe que ya terminamos por hoy. Y yo le concedo a mi bugas los últimos metros… me bajo de la bici, resoplando y con hilos de sudor que caen directo al suelo. Rindo tributo a esta cima, volteo y veo el camino por donde subí, las curvas que me trajeron a este rincón de la ciudad, esa ciudad que se ve allá abajo, entre la bruma matinal del otoño. Y escucho a esta celosa que ríe en lo quedito, con su mirada coqueta en la que esconde su perdón.

Así es Bugas, te hará sufrir pero te pagará con creces la visita, te llenará de placer y satisfacción… y lo sabes… esa la reconciliación. Para muestra su vista…

Ro

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