Hay que confiar….

Estos parajes son la médula del ciclismo de montaña, podemos encontrar esos caminos amplios, en valles entre una colina y otra, a veces zonas de pastoreo o simplemente donde en ocasiones se siembra…
Están los pasos angostos, limitados por arboles, piedras, en donde la dosis de adrenalina empieza a fluir, en donde el camino parece esconderse debajo de hojas. Pasos de agua que silenciosos y pacientes van formándose durante años.
Y de repente, primero con un susurro
lejano, el silencio se va diluyendo. Más pronto que lento se oye el ronroneo inconstante de llantas que van amoldándose al terreno que surcan, quizás una que otra voz animando al grupo, pero las más de las veces, solo resoplidos de los que van impulsando a esas bicis que vienen…

No todas van a la misma velocidad, unos parecen ir solo rozando la tierra y sobrepasando las piedras, otros un tanto atrás sintiendo como las llantas se sujetan al suelo y toman las curvas con la inclinación perfecta, otros tantos podrán ir con un temor que no conocían. Más allá del respeto lógico que el ciclista tiene al rodar, yo recuerdo como me detenía ante una bajada del camino, me hacía a un lado y me preguntaba para mis adentros: “cómo es que este colega que me pasó, no se cayó?” Para mí esa pendiente me parecía de muerte.

Recuerdo una de mis primeras rodadas por la “mosca”, cuando me dí de lleno en esa curva, apenas llegando a la “casa morada”, hasta mi bicicleta se quejó. Y ahora, cada que paso por ahí, veo menos esa curva y saboreo más el derrape, la inclinación, el viento que me acaricia cuando tomo “vuelo” para la subida de la “casa morada”. ¿Qué ha cambiado? No lo sé a ciencia cierta, pero algo que me imagino es eso: ¡No saber!, es decir, no pensar, no analizar todos y cada unos de mis movimientos. Se llama confiar. Nuevamente, mi frase preferida: Rodar es como la vida misma. Hemos de dejarnos ir, soltarnos. En la vida, el confiar es impulsar a nuestra alma, nuestra voluntad. Existe el miedo, la incertidumbre, porque nadie tiene comprado siquiera la primera hora de cada día… Pero no por ello nos vamos a quedar escondidos en la casa, ¿o sí? El miedo no es una barrera infranqueable, es una oportunidad que tenemos para descubrir de los que somos capaces. El miedo es una invitación a conocernos, a descubrir nuestro entorno y entender que somos uno con él.

Voy bajando por “mosca” llego a uno de esos tramos, y si, lo sé… si me detengo al inicio para averiguar cual grieta esta mas “transitable” ya no bajé sobre la bici, tengo que regresar por donde vine y volver a intentarlo, pero esta vez sin detenerme, simplemente tomar la bajada, y confiar; en mi capacidad de maniobrar, de ver, de enderezar, de amortiguar… pero sobre todo, confiar en mi bicicleta, que más que yo, ella va tocando la tierra, ella sabe como tomar el terreno. Y confiar en esa entidad que somos yo y mi baika, no vamos por caminos separados, no vamos una por un lado y otro por el otro… los dos, ¡que dicha! ¡Vamos rodando hacia el final de la ruta, que inevitablemente nos llevara al inicio de alguna otra!

¡Así que confiar, es la palabra de hoy!

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